Libertad vs. Mando

México, un país de contrastes, que no despega. Con más de la mitad de la fuerza laboral en el sector informal, nuestra economía no genera el 1,100,000 empleos anuales que ofrece nuestra población año con año para dar empleo formal a una fuerza laboral creciente. Parecemos conformarnos con muchos menos, y lo que parecía ser el Mexican Moment, no ha redituado más de 350,000 empleos formales en lo que va del sexenio.

México debe alinear su economía al entorno, y dejar que ésta fluya, sin pretender detener los cambios o de querer mitigarlos, porque los costos pueden ser muy altos o simplemente imposibles de revertir. Nos referimos nuevamente a las exigencias del mundo actual en tres áreas: primero, en lo tecnológico (informática, biología y nanotecnología); segundo, en lo demográfico (bono demográfico, participación de la mujer y envejecimiento poblacional), y tercero, en la globalización. Lo que no hagamos en estos tres terrenos para incorporar a la gran mayoría de los mexicanos, nos destinará al país de ancianos y pobres que seremos en menos de 50 años.

Autoridades y sociedad parecemos atrapados en la exigencia de que sea el “colectivo” el que nos “resuelva” la vida. Y esto mantiene abierta la pregunta de ¿cuál es el México que queremos? ¿El de la responsabilidad individual, que nos impulsa a ver por nosotros mismos, sin afectar a terceros, pero que nos alienta a construir oportunidades de intercambio con otros igualmente responsables? ¿O el de la responsabilidad colectiva, que pretende que sea el gobierno el que, en nuestro nombre, nos resuelva los problemas? ¿Acaso es responsabilidad colectiva dar vivienda por el sismo o restituir techos por el granizo a los damnificados, siendo que los desastres naturales pueden mitigarse con seguros? ¿Se entienden los costos y beneficios de asumir como colectivos los problemas de algunos particulares?

Sigue en el aire esta pregunta fundamental para nuestra economía, porque no definimos si queremos que más personas sean jugadoras o sólo espectadoras. Transformar nuestras instituciones implica movernos de un país donde la prosperidad se espera como resultado de la benevolencia de las autoridades, a otro donde cada hombre intente ser lo que quiere ser, con base en su propio esfuerzo. En este entorno deberán aceptarse reglas generales iguales para todos, sin que la discreción de algunos determine quién gana y quién pierde. Lo ganado o lo perdido deberá ser producto del esfuerzo propio o del azar, como para que la desigualdad sea más llevadera, y no como producto del designio de alguien.

En el momento en que las instituciones reviertan los incentivos a los individuos y dejemos atrás el abstracto “colectivo”, es que se podremos alentar la creación de empleos, porque será entonces cuando mostraremos nuestras capacidades humanas y creatividad.  Los recursos son escasos y no podemos asignarlos ineficientemente sin que esto tenga consecuencias. Cuando decidimos, en el nombre del “colectivo”, asignar escasos recursos a cuestiones de menor valor, la consecuencia es la ineficiencia y la incapacidad de producir mejores cosas, como por ejemplo, dotar de más capacidades a nuestra población.

Más libertad económica y menos intervención gubernamental en los mercados. Más gobierno para establecer leyes justas y para obligar su observancia, pero menos gobierno para hacer lo que la gente (y no el “colectivo”) está obligada a darse. Más gobierno para provocar la competencia y para vigilar los derechos de propiedad, pero menos gobierno para el llamado “fomento” de unos cuantos. En suma, más libertad para los individuos, pero más gobierno para establecer las reglas del juego. Y no es que el juego esté por comenzar… ya empezó el segundo tiempo.

Acerca de Dr. Jaime Velázquez

Soy economista, dedicado a la educación. Promuevo la cultura económica, convencido de que se puede fortalecer la educación ciudadana si se entienden los principios básicos de la economía.
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