La corrupción: la manguera con hoyos

Mucho hemos hablado sobre las bondades de las reformas pero de poco o nada nos servirán si no se da una reforma sustancial anti-corrupción, que eleve la calidad de nuestras instituciones. De pronto se inaugura un hospital, se abre una carretera, se edifica un monumento o se pintan calles o avenidas, pero en el fondo no conocemos los sobreprecios, las mordidas, las comisiones o los “grandes negocios” que se siguen haciendo bajo el paraguas de algún funcionario o de una red de coyotes y proveedores involucrados, que se acaban tus impuestos. No es “ellos y su conciencia”, porque otro mejor uso puede darse al dinero público, desde dejarlo en tu bolsa hasta invertirlo mejor en servicios públicos.

Se puede definir la corrupción como “el abuso de un poder legítimo para obtener ganancias privadas”. Tres puntos en esta definición: primero, la corrupción ocurre tanto en el sector público como en el sector privado; segundo, involucra un abuso de poder –público o privado, y tres, tanto el receptor del acto corrupto como el emisor se benefician, sea en dinero o de una ventaja indebida. Aunque a veces no es tan claro qué tan indebido es un acto corrupto, es cierto que un simple regalito al médico o a la enfermera para ser atendido en un centro de salud, también cae en esta categoría. Lo mismo el que, para tener a una maestra contenta, deba dársele una manzana, o que una escuela pida una lista de materiales a los alumnos, que no siempre se utilizan y quién sabe dónde terminan. Siendo el servicio de salud o la educación un derecho, asegurarse el acceso con regalos o dádivas pone en desventaja a aquellos que no los dan.

La corrupción no es sólo pequeña, como la del policía de crucero, la enfermera o la maestra, pero que es la que regularmente nos piden combatir abiertamente con campañas del tipo “¿Eres o te vale?” o con eslógans como “La corrupción somos todos” o “La renovación moral de la sociedad”. No olvidemos que también hay gran corrupción, que es la que involucra a los funcionarios públicos o privados de alto nivel, que es donde se formulan las reglas y las políticas, y donde se toman decisiones ejecutivas de grandes cantidades de dinero.

¿Por qué debe interesarnos el combate de la corrupción? Porque el sistema obliga a los ciudadanos a pagar por servicios públicos que deberían ser provistos gratis; los presupuestos públicos son pillados por políticos corruptos que endeudan a sus estados; el presupuesto se incrementa porque en él se incrustan proveedores que encarecen los servicios. Es costosa también porque destruye la confianza de la gente en las instituciones y su deseo de participar en favor de los demás. Es costosa porque se entreteje con el crimen organizado y lo favorece. De hecho, esto eventualmente genera violencia, al desarrollarse redes que buscan proteger sus intereses creados, permeando a funcionarios o estructuras de seguridad y poder.

Nos urge, pues, una reforma anticorrupción que no sólo castigue a los corruptos, sino que la prevenga mediante sistemas transparentes, que obliguen a la rendición de cuentas y fortalezcan la capacidad de la sociedad civil y los medios para promover la integridad pública, se fortalezca la ética de los funcionarios públicos y privados, y también sea capaz de desafiar las normas sociales que promueven la corrupción con eso de “¿qué tanto es tantito?”, “el que no tranza no avanza”, o “Diosito, no te pido que me des, sino que me pongas donde hay”. Tristemente, amigos, si no lo hacemos, efectivamente estaremos destinados a “meter la mano en el bolsillo del prójimo” en no muchos años.

Acerca de Dr. Jaime Velázquez

Soy economista, dedicado a la educación. Promuevo la cultura económica, convencido de que se puede fortalecer la educación ciudadana si se entienden los principios básicos de la economía.
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