De “Solidaridad” a “Prospera”… sigue la espera.

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Luego de 17 años de haber gastado más de US$220,000 millones de dólares en programas contra la pobreza que han fracasado para reducirla, el Presidente nos informa que no sólo se mantendrán estos beneficios, sino que ahora tendrán más alternativas para incorporarlos a la vida productiva.

Con más de la mitad de los mexicanos en pobreza patrimonial, es decir, con falta de ingreso suficiente para alimentos, salud, vestido, vivienda, transporte y educación, el número de pobres en México es mayor hoy que en 1990, sin contar a todos los millones de mexicanos que migraron a los Estados Unidos y que hoy envían más de US$20,000 millones de dólares a sus familias. ¿Será que la pobreza no se ha abatido por falta de recursos? ¿O será porque de plano los programas no atienden las verdaderas causas de la pobreza?

Cinco presidentes han puesto como prioridad acabar con la pobreza en el país, creyendo que solamente suplementando sus ingresos es posible sacarlos adelante. Sea Solidaridad, Progresa, Oportunidades, o Prospera, las condiciones de pobreza no se modificarán sensiblemente si tampoco se modifican las condiciones específicas de las comunidades, las instituciones o las culturas en que aparece.

¿Será que ahora se modificarán los programas productivos en el campo? ¿Se dará propiedad legal a la tenencia de la tierra? ¿Acaso ahora se modificarán las condiciones climáticas de nuestro árido territorio? ¿Nuestra instituciones campesinas, llámese la Confederación Nacional Campesina, dejará de servir intereses políticos y se orientará ahora a organizar la producción en el campo? ¿Quién dará la asistencia técnica? ¿Hay capital humano disponible? ¿No faltarán más bien recursos para invertirse en el campo para hacerlo productivo y reconvertirlo? ¿Vale la pena condicionar los apoyos con tal de poder graduar a sus beneficiarios? ¿Y si no se “gradúan” seguiremos sosteniendo estos programas? ¿Se reorientarán los programas educativos con tal de impactar la productividad de los pobres para que se integren a la vida económica? ¿A qué empresas podrán aspirar a trabajar si no hay inversiones locales? ¿Acaso al abatir la pobreza se crearán las oportunidades de empleo en esas comunidades, como consecuencia? ¿Y si no se crean, habrá becas para migrar a las ciudades? ¿Estarán de acuerdo las comunidades indígenas a integrarse a la vida nacional, o seguiremos manteniendo la idea de que debemos preservar sus tradiciones y formas de gobierno? ¿Se seguirá lucrando políticamente con el apoyo a los pobres?

Nos esperan años de grandes retos, con más jóvenes incorporándose al mercado laboral y una población de adultos mayores en franco crecimiento. No habrá recursos que alcancen si no se cambia la estrategia por una de inversión pública masiva, que cambie las condiciones reales del entorno en que viven los pobres. Los programas contra la pobreza tienen el efecto no intencionado de desalentar a la gente de escapar de la pobreza por sí misma. El puro hecho de convertir estos programas en temporales, puede alentar a la gente a “rascarse con sus propias uñas”. Suena duro, es políticamente incorrecto, y quizá por eso no lo dice el Presidente. Pero de que debemos ponerlo sobre la mesa, hay que hacerlo.

Aquí una pregunta: si una familia recibiera $4,000 de ayuda para mantenerse arriba de la pobreza ¿le convendría declarar sus ingresos adicionales para ser graduado del programa y ya no recibir ayuda? ¿Por qué no condicionar la ayuda a que se trabaje en proyectos provistos por el gobierno, por un limitado tiempo? Los apoyos contra la pobreza deben ser una segunda alternativa para los pobres y no su “forma de ser”.

En el extremo, si las políticas penalizan a quienes tienen éxito y premian a quienes fracasan, se reducen los incentivos para prosperar. El reto está en intercambiar eficiencia por equidad. Mientras más igualitariamente dividamos el pastel, más pequeño se hará. Ésta es quizá una lección que casi todos los economistas están de acuerdo.

Acerca de Dr. Jaime Velázquez

Soy economista, dedicado a la educación. Promuevo la cultura económica, convencido de que se puede fortalecer la educación ciudadana si se entienden los principios básicos de la economía.
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