Gastando en tu nombre… “¡Se ha ganado…una hermosa plancha!”

Porque los recursos son limitados y nuestras necesidades y deseos ilimitadas, enfrentamos problemas de escasez.  Esto implica que poco, o verdaderamente nada, es gratuito. Ni siquiera leer este artículo es gratis, aunque no pagues contablemente nada. Pagas, al menos, el tiempo de poner atención y de no pensar en otras cosas. Frente a este problema, toda sociedad debe organizarse para resolver su problema económico de qué producir, cómo hacerlo y quién se lleva lo producido. ¿Qué tanto de todo esto lo debe decidir el gobierno y cuánto la iniciativa privada? La respuesta depende de qué tanto queremos y podemos los individuos hacerlo por nosotros, o qué tanto esperamos que sea el gobierno –llámese los demás- el que lo haga por nosotros.

Vale la pena, con relación a las cifras de déficit público que observamos en México, que recordemos las cuatro formas en que podemos gastar dinero. Uno, podemos gastar nuestro dinero, en nosotros, en cuyo caso cuidamos cuánto gastamos y en qué lo gastamos, porque es nuestro dinero y es para nosotros; dos, podemos gastar nuestro dinero en otros, por lo que cuidaremos cuánto gastamos –porque es nuestro dinero, pero no tanto en qué, porque no es para nosotros. Es el ejemplo clásico de regalarle a mamá una plancha el 10 de mayo… cuidamos lo que gastamos pero no en qué, porque no es para nosotros. Tres, podemos gastar el dinero de otros en uno. Aquí, no tenemos interés en cuidar cuánto gastamos –porque no es nuestro dinero, pero sí en qué lo gastamos, porque es para nosotros. ¿Se imaginan comiendo garnachas, cuando el jefe los invita a comer, con cargo a la empresa? ¡Qué va! No cuidamos lo que gastamos –porque no es nuestro dinero, pero sí en qué lo gastamos, porque es para nosotros. Y cuatro, podemos gastar el dinero de otros en otros, con lo cual no tenemos el menor interés en cuidar lo que gastamos –porque no es nuestro, ni tampoco en qué lo gastamos –porque no es para nosotros. Este último caso lo enfrenta claramente el gobierno cuando decide gastar nuestro dinero en los demás. ¿Qué incentivo tiene de cuidarlo –si no es su dinero, y qué incentivo tiene de darnos lo que necesitamos, si no es para ellos?

Con este preámbulo, y sabiendo que el gobierno ha incrementado su déficit primario (ingresos menos gastos, excluidas sus obligaciones financieras, principalmente intereses sobre su deuda), debemos hacer algunos comentarios. Primero, una cosa es el déficit y otra la deuda. El déficit es la diferencia entre los ingresos fiscales y los gastos fiscales de un periodo. La deuda, en cambio, es lo que se debe a una fecha específica. Si el gobierno debe 100 y tiene un déficit fiscal de 20, proveniente de un mayor gasto público sobre sus ingresos fiscales, su deuda se incrementará a 120. En este sentido, se dice que el déficit es un flujo y la deuda un acervo acumulado.

Segundo, un déficit primario –que no incluye los gastos financieros- nos dice que el gobierno está gastando más de lo que tiene de ingresos, y aparte, que no le alcanzan sus ingresos para pagar sus compromisos financieros. Debe pedir prestado y, por lo tanto, endeudarse. ¿Acaso esa deuda no deberá pagarse? ¿La pagaremos los vivos o nuestros hijos? ¿Crecerá la base fiscal de contribuyentes o seguirán siendo los mismo? ¿Sirve esa deuda para invertir y hacer crecer nuestro capital nacional, o sólo para gastarlo y ya luego, Dios diga, quién lo pague en el futuro?

La apuesta keynesiana del gobierno fue que el déficit le diera un “empujoncito” a la economía para crecer. El riesgo, tal y como pintan los acontecimientos, es que el “empujoncito más bien nos empine”. En última instancia, amigos, el valor del gasto público lo debemos medir en función de lo que logra para nuestra calidad de vida presente y futura, no por los recursos que usa. ¿Qué piensas?

Acerca de Dr. Jaime Velázquez

Soy economista, dedicado a la educación. Promuevo la cultura económica, convencido de que se puede fortalecer la educación ciudadana si se entienden los principios básicos de la economía.
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