Reflexiones para el 2016

Piramids

En la víspera de fin de año, del comienzo de un nuevo andar, es importante que reforcemos el potencial de nuestro país, y alentemos la visión de que “México no debe esperar”. Yo creo en México porque tiene recursos naturales, porque tiene fronteras y litorales de gran valor comercial, porque tiene una gran cultura y tradiciones, porque compartimos más de 3,000 kilómetros de frontera con el país más poderoso del mundo y porque todavía tenemos una base importante de jóvenes, lo cual nos da esperanza.

El reto es grande porque las fuerzas políticas y todas nuestras instituciones deben alinearse, supeditando sus intereses particulares y personales a los de la nación, que ciertamente son superiores. En un país con más de la mitad de su población ocupada en la informalidad, o donde casi la tercera parte de la población entre 15 y 29 años ni estudia ni trabaja, la deuda de un cambio real es inaplazable. ¿Sí se puede o sí se debe? Porque si “sí se puede”, ¿por qué no lo hemos hecho? Tal parece, pues, que “ya debemos”.

Aunque ciertamente las libertades de hoy son mayores a las de hace 30 años, todavía persisten atavismos y estructuras que impiden a millones el acceso al desarrollo. Se insiste que México se debate entre dos mundos, el de la globalización y el de las estructuras institucionales que no compiten y que siguen guardando privilegios para sí. ¿O no lastiman los aguinaldos onerosos para jueces, magistrados o funcionarios públicos, que en nuestro nombre gastan los recursos del Estado?

No es mediante una visión de Estado protector o benefactor, que reparte la riqueza de manera “justa”, como podemos esperar atender las millones de necesidades diarias de nuestra gente. El debate de cuánto gobierno y cuánto mercado es una discusión de cuánta responsabilidad individual debemos asumir todos, con tal de dejarle al gobierno lo imprescindible, que es la seguridad, el establecimiento de leyes eficientes y sistemas legales expeditos que ayuden a resolver controversias, así como asegurar que se produzcan bienes públicos. Siempre, sin embargo, ponderando costos y beneficios, con tal de que “no salga más caro el caldo que las albóndigas”.

Sin transformar nuestra economía a una de mayor competencia y de mayor libertad individual para elegir, difícilmente el país podrá hacer crecer su riqueza más allá de los límites de sus recursos. No hay subsidios que alcancen, ni reformas que alienten la inversión, si los actores principales son siempre los mismos. Deberemos transitar, así lo creo, de una economía donde el Estado lo decida todo (o mucho), a una economía donde prospere la iniciativa privada y donde el Estado fuerte, sea capaz de proveer seguridad jurídica y de posesión a las personas, dentro de un ambiente de competencia y de mayores libertades políticas.

No se trata de alentar la iniciativa privada en ambientes monopólicos, porque a eso se le llama “manga ancha”. Se trata de promover una economía donde los individuos e inversionistas sean capaces de observar el valor de todo lo que intercambian de manera libre y voluntaria. Y donde el Estado defienda de manera efectiva todos los derechos de las personas, sin negociar la ley, regatearla o violarla. Debemos profundizar el cambio en el sistema educativo, liberando aun más el accionar de la iniciativa privada, sin tantas regulaciones donde el gobierno sea el que establezca contenidos, planes y programas de estudio, o sea el que defina de manera centralizada la formación docente. La iniciativa privada puede y tiene más capacidades para generar planes, programas, recursos didácticos y sistemas de profesionalización docente, si tuviera más espacios para competir y diseñar de manera libre.

Eficiencia y equidad se contraponen. La eficiencia económica llama a producir todo lo que la gente quiere, al menor costo posible, mientras que la equidad nos llama a distribuir lo producido de manera “justa”. El efecto no deseado de repartir lo que no se ha producido por uno se puede resumir con el dicho de “quitarle al rico para darle al pobre”, o bien con el principio socialista de “darle a cada quien de acuerdo con su necesidad, a partir de aquél que tiene posibilidades”. Reducir la pobreza es una buena intención, pero quitarle al que tiene para darle al pobre tiene un efecto indeseable porque reduce el incentivo al trabajo de unos y otros, pero también inhibe la inversión, por lo que la actividad económica puede perder vitalidad.

Tanto el Ejecutivo como el Legislativo nos atiborran con mensajes de cuánto trabajan por nosotros. Ciertamente si nos comparamos con Venezuela, Brasil o Argentina, nuestra economía se ve estable y creciendo. Pero comparando nuestro nivel de vida con las grandes ligas de los países de la OCDE, México sigue en los últimos lugares, y eso no es una buena noticia. No olvidemos que hoy uno de cada 14 mexicanos es adulto mayor, pero que en 35 años seremos uno de cada 5. Que no nos llegue el tiempo de ser un país de viejos y pobres, que sería el peor de los mundos. Tristemente la cuenta es regresiva y para allá vamos.

Mi mejor deseo económico para este nuevo año, amigos, es que siga prevaleciendo en nosotros, pero que lo podamos expresar con más fuerza, el pensamiento de que “ya debemos.” Muchas gracias, muchas felicidades, y no sólo seamos optimistas, también propongamos.

Acerca de Dr. Jaime Velázquez

Soy economista, dedicado a la educación. Promuevo la cultura económica, convencido de que se puede fortalecer la educación ciudadana si se entienden los principios básicos de la economía.
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2 respuestas a Reflexiones para el 2016

  1. salvador gonzalez dijo:

    buenas noches gracias por las felicitaciones igualmente le deseo que sigan sus éxitos y sus comentarios tan acertados s.s salvador glz.

    Le gusta a 1 persona

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