Treinta Días de “Trumpadas”. ¿Cuántas más?

Educación Económica y Financiera
Twitter: @jvelazhe

Desde su nominación a la presidencia de los Estados Unidos, la turbulencia financiera que ha provocado en México no es menor, ni tampoco la división que han causado sus primeros treinta días como Presidente electo de Estados Unidos. De diciembre 2012 a enero 2017, el peso se ha depreciado 40% en dólares. En contraste el dólar ha ganado un 66% en pesos. En otras palabras los mexicanos podemos comprar hoy un 40% menos en Estados Unidos, mientras que los norteamericanos pueden comprar un 66% más en México. Nos hemos empobrecido un 40% en dólares. ¿Algo más para delatar lo débiles que somos?

Los contrastes

La división en Estados Unidos es notoria, por un lado los conservadores y populistas que se regocijan con el triunfo de Trump, y que lo ven como el salvador de una nación en declive. Y por el otro, los progresistas o liberales, que se sienten derrotados por el Colegio Electoral, aun cuando ganaron con claridad el voto popular.

¿Hay algo que debiéramos reconocer de Trump, sin pensar por un momento en los agravios contra México?  Prácticamente todo acto de desregulación que está promoviendo Trump es protestado, pero estos mismos hechos son los que le han dado vida al mercado de valores de Estados Unidos, y algo que puede revitalizar su economía. Creer que la reducción impositiva y un gobierno más eficiente no son factores importantes de crecimiento ha sido el error del partido Demócrata.

No tomar en cuenta que los costos de la burocracia, la incertidumbre la regulación excesiva, o las cargas fiscales no afectan la formación de capital, la innovación y la creación de empleos, es lo que está poniendo Trump a discusión en los Estados Unidos. Argumentos que por cierto son igualmente válidos para México. Creer que elevando los salarios mínimos por decreto, fortaleciendo los derechos laborales o promoviendo leyes de igualdad salarial se va a resolver el bienestar, es equivocado. Estas políticas por sí mismas reducen el crecimiento al imponer grandes barreras al intercambio voluntario.

¿En qué se equivoca Trump?

Los dislates del presidente Trump, al comportarse más como el candidato anti-establishment, y no como el Presidente establecido, tiene al país más dividido que nunca. Si actuara más como un “Jefe de Estado” reduciría los ataques progresistas o liberales.

Estados Unidos navega en aguas turbulentas cuando el Presidente denuncia públicamente a la Suprema Corte de Justicia, principalmente si no le favorecen sus acciones ejecutivas. Nuevamente, si el Presidente se condujera como Jefe de Estado, los ataques en su contra fallarían y el partido Republicano podría ganar la preferencia de los próximos dos ciclos presidenciales, si no es que más.

En cuanto a sus ideas proteccionistas, la agenda del presidente Trump dañará a los Estados Unidos, si no es que devastará a la población que quiere ayudar. El intercambio tan amplio entre México y Estados Unidos es indispensable para la prosperidad de ambos países. Una guerra comercial amenaza el que ambos países ganen de su relación.

La renegociación del TLC, prohibiendo inversiones o elevando los aranceles para promover el crecimiento norteamericano, parte de la creencia de Trump que el comercio es bueno para Estados Unidos solamente si exporta más de lo que importa. El “exitoso” empresario –hoy Presidente- muestra su ignorancia de cómo operan las negociaciones comerciales, pero más que nada su pésima comprensión de la economía, aun con sus estudios de negocios en la Universidad de Pennsylvania.

La visión de Trump acerca del comercio internacional y de su impacto en la economía norteamericana está completamente mal. Cree que solamente si Estados Unidos exporta más de lo que importa, se tiene éxito en el concierto internacional, como si los países estuvieran en una “guerra” donde el país que gana es el que le vende más al otro. Nos amenaza con una personalidad dura, que salvará a los Estados Unidos de los países que han sido más “inteligentes” que ellos -como China y México, en gran medida porque sus políticos, dice, han sido particularmente ineptos. ¿Será?  Yendo al extremo, ¿acaso sólo es bueno trabajar y ganar dinero y no comprar nada? ¿Es bueno exportar automóviles a Estados Unidos, pero no manejarlos? ¿Para qué exportar o generar divisas si no para importar lo que no producimos?

Promete devolver a los norteamericanos los empleos que han “robado” China y México, sin reconocer que este declive es más bien el resultado del cambio tecnológico y de la apertura, que ha servido para encadenar industrias a lo largo de todo el mundo, con tal de explotar las diferentes ventajas comparativas.

La industria del acero en Estados Unidos, por ejemplo, empleaba 780,000 trabajadores en 1967, contra solamente 90,000 hoy. ¿Qué provocó ese declive en empleos? ¿Qué México o China se los hayan robado? De ninguna forma. El cambio tecnológico, la automatización y los robots, son los responsables. ¿Qué hacer frente a estos ineludibles cambios transformadores y de progreso tecnológico? ¿Cerrarnos a la competencia? ¿Creer que sólo produciendo y vendiendo, pero no comprando, se puede progresar?

Donald Trump no entiende que la llamada balanza de pagos no sólo se compone de la llamada “cuenta corriente” (exportaciones menos importaciones de bienes y servicios), sino que también incluye la “cuenta de capitales” (entradas menos salidas de capitales), y que prácticamente deben ambas cuentas sumar cero. En otras palabras, un déficit de cuenta corriente es financiado por un superávit de la cuenta de capitales. Si un país importa más de lo exporta, es en gran medida porque puede financiarlo con su cuenta de capitales, al atraer más inversiones y ahorro externo de lo que sale del país. México y Estados Unidos tienen déficit en cuenta corriente, guardadas las proporciones, porque son capaces de atraer el ahorro externo -capital- y generar así un superávit que financia sus mayores importaciones.

La noción de que los Estados Unidos debe tener superávit de cuenta corriente con cada país es una posición absurda, porque al final de cuentas ¿qúe pasaría si todos los países reclamaran lo mismo? ¿Todos queriendo exportar pero nunca importar? No es claro para Trump que un déficit de cuenta corriente –y por lo tanto de un superávit de capitales- es un voto de confianza de otros países en la economía norteamericana, lo que a la larga le permite a Estados Unidos crear nuevas industrias y nuevos empleos, ni tampoco entiende que para exportar y ser competitivo en mercados internacionales debe importar insumos baratos de empresas internacionales.

Aunque algunos milagros ocurren, una transformación de Trump a un verdadero Jefe de Estado parece improbable. Desafortunadamente, si no corrige sus errores de política exterior, se sigue peleando con los medios de comunicación, sigue atacando a los migrantes y sigue comportándose como en The Apprentice, el regreso de los liberales, de la izquierda progresista y del gobierno “gordo”, parecerá la consecuencia lógica de su historia. You are fired, Mr. Trump! ¡Despedido por pedante!

Hasta aquí nuestra Economía en una Lección. Soy Jaime Velázquez, estoy en Twitter, @jvelazhe y en Facebook, Educación Económica y Financiera. Hasta pronto.

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Podcast: Gastón el “gastalón”.

Entrevista para Gastón Lámbarry (Retro FM 103.1, Cadena RASA, Mérida, Yuc.)

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Podcast: Asegura tu lugar en el infierno… financiero

Entrevista para Gastón Lámbarry (Retro 103.1, Cadena RASA, Mérida, Yuc.)

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Podcast: Reglas para irnos al infierno… financiero.

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Entrevista para Gastón Lámbarry (Retro 103.1, Cadena RASA, Mérida, Yuc.)

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La política mercantilista de Trump… una TRUMPEJADA.

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Donald Trump ha prometido renegociar el TLC, prohibir las inversiones en el extranjero o subir los aranceles, con tal de promover el crecimiento económico y elevar la recaudación del gobierno. En el fondo, Trump cree que el comercio es bueno para Estados Unidos solamente si exporta más de lo que importa.

El “exitoso” empresario muestra su ignorancia de cómo operan las negociaciones comerciales, pero más que nada nos demuestra su pésima comprensión de la economía, aun con sus estudios de economía en la Universidad de Pennsylvania. En su cabeza plantea un modelo de cómo opera el mundo, sin siquiera entender que cada vez que abre la boca traga todo lo que escupe.

La visión de Trump acerca del comercio internacional y de su impacto en la economía norteamericana está completamente mal. Cree que solamente si Estados Unidos exporta más de lo que importa, se tiene éxito en el concierto internacional, como si los países estuvieran en una “guerra” donde el país que gana es el que le vende más al otro. Nos amenaza con una personalidad dura, que salvará a los Estados Unidos de los países que han sido más “inteligentes” que ellos -como China y México, en gran medida porque sus políticos, dice, han sido particularmente ineptos. ¿Será?  Yendo al extremo, ¿acaso sólo es bueno trabajar y ganar dinero y no comprar nada? ¿Es bueno exportar automóviles a Estados Unidos, pero no manejarlos? ¿Para qué exportar o generar divisas si no para importar lo que no producimos?

Promete devolver a los norteamericanos los empleos que han “robado” China y México, sin reconocer que este declive es más bien el resultado del cambio tecnológico y la apertura. La industria del acero en Estados Unidos, por ejemplo, hoy emplea menos personas, no porque China o México se los haya robado. ¿Quién entonces? LOS ROBOTS.

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             Fuente: Consejo Mexicano para la Educación Económica y Financiera (2016).

Donald Trump no entiende que la llamada balanza de pagos no sólo se compone de la llamada “cuenta corriente” (exportaciones menos importaciones de bienes y servicios), sino que también incluye la “cuenta de capitales” (entradas menos salidas de capitales), y que prácticamente deben ambas cuentas sumar cero. En otras palabras, un déficit de cuenta corriente es financiado por un superavit de la cuenta de capitales. Si un país importa más de lo exporta, es en gran medida porque puede financiarlo con la cuenta de capitales, al atraer más inversiones y ahorro externo de lo que sale del país. México y Estados Unidos tienen déficit en cuenta corriente, guardadas las proporciones, porque son capaces de atraer el ahorro externo -capital- y generar así un superávit que financia sus mayores importaciones.

Los economistas saben que un déficit de cuenta corriente se refleja fundamentalmente en la diferencia entre su ahorro y su inversión. Es decir, cuando un país importa más de lo que exporta incurre en un déficit, mientras que si produce más exportaciones de lo que importa, genera un superávit de cuenta corriente. La política comercial de Trump podría afectar a ciertas industrias y regiones, pero a la larga, seguiría siendo el reflejo de su balance entre su ahorro y su inversión. Si quiere el señor Trump reducir el déficit comercial de Estados Unidos, deberá buscar políticas que alienten un mayor ahorro sobre su inversión.

Como el mundo no se acomoda a sus ideas, entonces, recurre a múltiples falacias económicas, que aparentan cierta lógica, pero que en el fondo son esencialmente equivocadas. Nada de todo lo anterior, sin embargo, lo refiere el candidato y culpa entonces a todo enemigo internacional y a sus “incompetentes” negociadores, elaborando un sinnúmero de ideas mágicas, que solamente revelan lo Trumpejo que es… O ni tanto, si lo que quiere es hundir al partido Republicano o darle el triunfo a los Demócratas.

Hasta aquí nuestra Economía en Una Lección.

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Mitos Chinos

China

¿Por qué cuando China tiembla, México también? Pero también, ¿por qué cuando México tiembla no se va “al carajo” como Brasil o Venezuela? Seguir leyendo

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Reflexiones para el 2016

Piramids

En la víspera de fin de año, del comienzo de un nuevo andar, es importante que reforcemos el potencial de nuestro país, y alentemos la visión de que “México no debe esperar”. Yo creo en México porque tiene recursos naturales, porque tiene fronteras y litorales de gran valor comercial, porque tiene una gran cultura y tradiciones, porque compartimos más de 3,000 kilómetros de frontera con el país más poderoso del mundo y porque todavía tenemos una base importante de jóvenes, lo cual nos da esperanza.

El reto es grande porque las fuerzas políticas y todas nuestras instituciones deben alinearse, supeditando sus intereses particulares y personales a los de la nación, que ciertamente son superiores. En un país con más de la mitad de su población ocupada en la informalidad, o donde casi la tercera parte de la población entre 15 y 29 años ni estudia ni trabaja, la deuda de un cambio real es inaplazable. ¿Sí se puede o sí se debe? Porque si “sí se puede”, ¿por qué no lo hemos hecho? Tal parece, pues, que “ya debemos”.

Aunque ciertamente las libertades de hoy son mayores a las de hace 30 años, todavía persisten atavismos y estructuras que impiden a millones el acceso al desarrollo. Se insiste que México se debate entre dos mundos, el de la globalización y el de las estructuras institucionales que no compiten y que siguen guardando privilegios para sí. ¿O no lastiman los aguinaldos onerosos para jueces, magistrados o funcionarios públicos, que en nuestro nombre gastan los recursos del Estado?

No es mediante una visión de Estado protector o benefactor, que reparte la riqueza de manera “justa”, como podemos esperar atender las millones de necesidades diarias de nuestra gente. El debate de cuánto gobierno y cuánto mercado es una discusión de cuánta responsabilidad individual debemos asumir todos, con tal de dejarle al gobierno lo imprescindible, que es la seguridad, el establecimiento de leyes eficientes y sistemas legales expeditos que ayuden a resolver controversias, así como asegurar que se produzcan bienes públicos. Siempre, sin embargo, ponderando costos y beneficios, con tal de que “no salga más caro el caldo que las albóndigas”.

Sin transformar nuestra economía a una de mayor competencia y de mayor libertad individual para elegir, difícilmente el país podrá hacer crecer su riqueza más allá de los límites de sus recursos. No hay subsidios que alcancen, ni reformas que alienten la inversión, si los actores principales son siempre los mismos. Deberemos transitar, así lo creo, de una economía donde el Estado lo decida todo (o mucho), a una economía donde prospere la iniciativa privada y donde el Estado fuerte, sea capaz de proveer seguridad jurídica y de posesión a las personas, dentro de un ambiente de competencia y de mayores libertades políticas.

No se trata de alentar la iniciativa privada en ambientes monopólicos, porque a eso se le llama “manga ancha”. Se trata de promover una economía donde los individuos e inversionistas sean capaces de observar el valor de todo lo que intercambian de manera libre y voluntaria. Y donde el Estado defienda de manera efectiva todos los derechos de las personas, sin negociar la ley, regatearla o violarla. Debemos profundizar el cambio en el sistema educativo, liberando aun más el accionar de la iniciativa privada, sin tantas regulaciones donde el gobierno sea el que establezca contenidos, planes y programas de estudio, o sea el que defina de manera centralizada la formación docente. La iniciativa privada puede y tiene más capacidades para generar planes, programas, recursos didácticos y sistemas de profesionalización docente, si tuviera más espacios para competir y diseñar de manera libre.

Eficiencia y equidad se contraponen. La eficiencia económica llama a producir todo lo que la gente quiere, al menor costo posible, mientras que la equidad nos llama a distribuir lo producido de manera “justa”. El efecto no deseado de repartir lo que no se ha producido por uno se puede resumir con el dicho de “quitarle al rico para darle al pobre”, o bien con el principio socialista de “darle a cada quien de acuerdo con su necesidad, a partir de aquél que tiene posibilidades”. Reducir la pobreza es una buena intención, pero quitarle al que tiene para darle al pobre tiene un efecto indeseable porque reduce el incentivo al trabajo de unos y otros, pero también inhibe la inversión, por lo que la actividad económica puede perder vitalidad.

Tanto el Ejecutivo como el Legislativo nos atiborran con mensajes de cuánto trabajan por nosotros. Ciertamente si nos comparamos con Venezuela, Brasil o Argentina, nuestra economía se ve estable y creciendo. Pero comparando nuestro nivel de vida con las grandes ligas de los países de la OCDE, México sigue en los últimos lugares, y eso no es una buena noticia. No olvidemos que hoy uno de cada 14 mexicanos es adulto mayor, pero que en 35 años seremos uno de cada 5. Que no nos llegue el tiempo de ser un país de viejos y pobres, que sería el peor de los mundos. Tristemente la cuenta es regresiva y para allá vamos.

Mi mejor deseo económico para este nuevo año, amigos, es que siga prevaleciendo en nosotros, pero que lo podamos expresar con más fuerza, el pensamiento de que “ya debemos.” Muchas gracias, muchas felicidades, y no sólo seamos optimistas, también propongamos.

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